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Para Oliver Herrera, un ángel que me mira

Que este café te acompañe siempre.

Miro a mi hijo, cierro los ojos y me dispongo a salir. Siento que cualquier palabra que le diga estará de más, será torpe, absurda, así que solo lo abrazo… esperando que a sus cortos años pueda entender que mamá va a trabajar.

Él me mira con sus ojitos que conmueven y traspasan, y yo, yo quiero explicarle que ser mamá y trabajar es algo que no podemos prevenir. Quiero disculparme por haberlo recibido con 24 años, sin un núcleo familiar y en soledad. Me pregunto entonces: ¿lo estoy haciendo bien? ¡Qué difícil es responderme!

Todos los días le hablo a ese ángel que me mira: “Oliver… no llores cuando me vaya. Mamá siempre está contigo. Cierra con fuerza tus ojitos y ahí estaré. Siempre”.

Y así avanza nuestra vida mi niño. Tú te despiertas loco por hablar, por cantar, por decir, y luego me miras como viendo a un gigante vertiginoso y acelerado que corre para organizar el mundo… Pero Oliver, esta gigante que corre, que muchas veces siente que malgasta tu poco tiempo de niñez, que me fue obsequiado metida en un tráfico interminable, en un correr de asunto en asunto a otro, luchará siempre por acompañar y vivenciar tu desarrollo como el mayor acontecimiento de todos.

Y ahí es donde comienza a ocurrir el milagro: yo vuelvo a ser niña otra vez acompañándote a ti. Y me convierto en una mejor persona porque tú me recuerdas que las madres no trabajamos para satisfacer el ego, trabajamos por el presente y por el futuro de nuestros hijos. Y por eso tengo que nacer de nuevo todas las mañanas, de golpe.

Quiero que sepas que en medio de mi cansancio la fuerza de tu mirada y tu entusiasmo me reconstruye y me salva. Sí, me salva, porque al seguirte en cada paso y cada gesto, me vuelvo a poner en contacto con el asombro, ese estado originario del hombre.

Hace casi dos meses que dirijo esta columna a un entrevistado, hoy la quise dirigir a ti. Para compartir juntos esta colada, y hacerlo riéndome de ese dedito tuyo que se sumerge en mi café.

Te dedico estas palabras porque entre tanto mensaje tonto, inútil, que millones de personas se envían todo el día, vale la pena pedirte que vivas para ser feliz y para dar amor.

Que luches siempre por esperar el amanecer con máxima alegría. Ese es el ritual que tu madre realiza como una manera de dar las gracias, pero también como una forma de acoger al verdadero amor, ese visitante al que tantas veces le cerramos la puerta.

Cuando ya no seas un niño y tengas que entrar en la vorágine del mundo como los hacen millones de ‘teenagers’, intenta no tomarte a ti mismo demasiado enserio ¡a nadie le importa! ¡De verdad! Dedícate a ser feliz. Agradece el puro hecho de existir, y sonríe como un imperativo. Yo también debo hacerlo.

Y recuerda, cuando no me tengas al lado, cierra los ojos en cualquier esquina y evoca mi presencia. Yo siempre estaré ahí para ayudarte a encontrar la luz entre las sombras de un mundo cada día más grosero y más hostil.

Perdona mis regaños injustificados. Mis neurosis, mis frustraciones y mis rabias. Perdona mi falta de sabiduría para vivir. Ojalá las lágrimas que me has visto derramar te ayuden a ti a ser más feliz, y a vivir cada instante recordando que no volverá a repetirse nunca más, ni aquí ni en ninguna otra galaxia.

Oliver, mi compañero de tantos cansancios, dudas y encrucijadas. Gracias por no abandonarme, gracias por tu energía colosal y quijotesca. Gracias por tu alegría tan cubana, como la sangre que corre por tus venas.

 

 

 

Camila Mendoza.
Publicado el 05 de septiembre de 2015 en Diario Las Américas.